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Desafíos de seguridad logística en la nueva ruta bioceánica
Por Rodrigo Orellana, Consultor de Supply Chain y Académico Área de Negocios de Inacap.
La integración logística del Cono Sur avanza con infraestructura histórica, pero en paralelo emerge un riesgo silencioso: la vulnerabilidad de los controles. Mientras la región celebra rutas, puertos y conectividad, el crimen transnacional identifica una autopista cada vez más accesible. El verdadero desafío no es solo construir corredores, sino blindar su gobernanza.

La integración física sudamericana vive un punto de inflexión. Lo que hace una década parecía una aspiración diplomática hoy adquiere forma concreta en carreteras que cruzan la cordillera, túneles binacionales, puertos ampliados y pasos modernizados. El corredor bioceánico, que promete conectar producción continental con el Pacífico, se ha instalado como eje de competitividad y reconfiguración territorial. En la conversación pública se enfatizan sus beneficios logísticos: reducción de costos, mayor eficiencia, atracción de inversiones, generación de servicios y oportunidades para cadenas exportadoras. Sin embargo, junto con esas ventajas emerge una tensión menos visible, pero decisiva: la apertura de nuevas rutas para delitos complejos. Conexiones que integran mercados también pueden integrar riesgos si no existe una contraparte institucional que acompañe el crecimiento del movimiento de cargas con estándares de fiscalización, intercambio de inteligencia y control operativo.


La doble cara del progreso logístico

Esa dualidad marca la discusión actual. Ningún especialista duda del valor estratégico de conectar Brasil, Paraguay y Argentina con los puertos chilenos del Pacífico. El corredor bioceánico no es una obra aislada, sino un reposicionamiento logístico continental.

Pero mientras las obras caminan y exhiben resultados tangibles, la dimensión de seguridad avanza con mayor lentitud. La asimetría es evidente: acuerdos para infraestructura reciben prioridad política, mientras que la coordinación en materia de control queda atrapada entre burocracias, falta de interoperabilidad y recursos limitados.

La advertencia no es nueva. Organismos internacionales han mostrado cómo la producción de cocaína crece, cómo se diversifican sus rutas y cómo organizaciones criminales aprovechan vacíos en fiscalización.

Las aduanas sudamericanas registran aumentos sostenidos de decomisos en fronteras y puertos; en Chile, el hallazgo de droga oculta en contenedores y vehículos de carga se ha vuelto más recurrente. El fenómeno se replica a lo largo del corredor: donde aumenta el flujo logístico, crece el riesgo.

La fragilidad no se explica solo por falta de equipamiento, sino por diferencias entre países en materia tecnológica, regulatoria y de capacidades humanas.


Crimen organizado: un actor que también innova

El delito también ha cambiado. Aunque el narcotráfico sigue siendo dominante, no es el único elemento de riesgo.

El movimiento de armas y municiones, el contrabando de precursores, la falsificación de productos industriales y farmacéuticos y la evasión tributaria se alimentan del mismo entorno logístico, aprovechando espacios intermedios y normativas dispares. Las organizaciones criminales hoy utilizan tecnologías similares a las que emplea el comercio formal: sistemas de rastreo, documentación digital manipulada, aprovechamiento de debilidades informáticas y vacíos de interoperabilidad. En una cadena logística cada vez más digitalizada, la seguridad deja de depender solo de barreras físicas para convertirse en una cuestión de gestión de datos, trazabilidad y gobernanza sistémica.


Chile como bisagra logística y test de gobernanza

En ese escenario, la posición de Chile adquiere especial relevancia. Su condición de salida natural al Pacífico lo proyecta como plataforma logística regional, pero también lo sitúa bajo una presión creciente para robustecer tecnologías, capacidades aduaneras y marcos regulatorios. El país posee instituciones técnicas sólidas, aunque enfrenta desafíos de coordinación interinstitucional y limitaciones presupuestarias. La seguridad logística requiere continuidad, formación y cooperación, dimensiones que históricamente han sido subordinadas a urgencias coyunturales. Si Chile aspira a consolidarse como hub del corredor, necesita también garantizar que su infraestructura no sea percibida como un eslabón débil.


Facilitación del comercio: bendición o vulnerabilidad

La paradoja de la facilitación del comercio expone otro dilema. Durante años se ha impulsado acelerar tránsito, reducir trámites y eliminar barreras, lo que ciertamente es necesario para competir.

Pero cuando la eficiencia se convierte en objetivo absoluto, aparecen efectos adversos: presión por mover carga más rápido que lo que los controles permiten, metas operativas que compiten con la fiscalización y responsables públicos que priorizan tiempos por sobre integridad.

El comercio internacional exige fluidez, pero también certeza. Las cadenas globales valoran tanto el despacho rápido como la predictibilidad y la confianza institucional. Sin esa ecuación equilibrada, la región corre el riesgo de construir corredores ágiles pero permeables.

Las limitaciones institucionales refuerzan este cuadro. El corredor bioceánico expone la fragmentación del Estado: normativas disímiles, sistemas aduaneros que no conversan, ruptura de iniciativas al cambiar gobiernos, escasa coordinación entre agencias con competencias superpuestas y escaso foco en fortalecimiento técnico fuera de los proyectos visibles. Las redes criminales, en cambio, operan con continuidad y sin calendario electoral. Por ello, el corredor será una prueba no solo de ingeniería, sino de gobernanza y cooperación.


Sector privado: corresponsabilidad logística indispensable

El sector privado tampoco queda fuera. Operadores logísticos, exportadores, forwarders y transportistas inciden directamente en trazabilidad y cumplimiento, pero históricamente han sido vistos como beneficiarios o víctimas, no como actores corresponsables. La adopción de certificaciones de seguridad sigue siendo baja y persisten percepciones de que invertir en control genera burocracia más que valor. La realidad demuestra lo contrario: la seguridad logística es reputación, acceso a mercados más exigentes, menores primas de riesgo y relaciones comerciales más sólidas. Sin la participación del sector privado, los Estados quedan sobrecargados y la cadena vulnerable.


Tecnología disponible, gobernanza insuficiente

Sudamérica dispone de diagnósticos y tecnología, pero falta una ecuación sostenida que combine interoperabilidad, inversión y voluntad política. Existen sistemas de análisis de riesgo, inspección no intrusiva y trazabilidad electrónica, pero su potencial se diluye cuando no se comparten datos, no se articulan modelos regionales o no se destinan recursos a capacitación y continuidad operativa. Los proyectos de infraestructura generan fotos y discursos; los sistemas de control generan estabilidad, pero carecen de visibilidad política para sostener inversión.


Cooperación regional

El desafío es avanzar desde el discurso de cooperación hacia mecanismos concretos: intercambio de información en tiempo real, patrullajes coordinados, homologación de estándares, reconocimiento mutuo de operadores y fortalecimiento de capacidades en los países con menos recursos. La integración física sin integración institucional crea corredores que conectan territorios, pero no protegen las cadenas que circulan por ellos.

La historia muestra que toda gran infraestructura logística trae consigo nuevos riesgos: ocurría en Panamá, ocurre en Asia y ocurre en África. El corredor bioceánico no será la excepción. Su éxito dependerá no solo de la calidad de sus rutas, sino de la solidez de sus controles y de la convicción política de que seguridad no es un obstáculo, sino un habilitador de desarrollo.

La integración comercial es necesaria, pero no puede construirse sobre frágiles cimientos. La región aún está a tiempo de entenderlo.

Diciembre 2025
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