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Carlos Osorio, Ph.D. en Tecnología, Gestión y Estrategia del MIT:
“Fallar es la única manera de aprender en innovación”

Innovar implica experimentar y fallar, hasta llegar a buen puerto. Un reto que las TI permiten afrontar de forma sencilla, dinámica y a bajo costo, ayudando a transformar los datos en información y esta, a su vez, en conocimiento, de modo de acelerar el aprendizaje.

¿Existe una cultura de innovación en las empresas locales?
Se está formando cada vez más fuerte. Ahora, no podemos hablar de cultura propiamente tal, pues esta es el resultado de un hábito o manera de hacer las cosas regularmente. Desde esa perspectiva, las empresas que tienen una cultura de innovación transversal son pocas hoy. Muchas la están creando; todo el mundo está hablando del tema y eso nadie lo puede negar, pero si se analiza en comparación con el resto del mundo, si bien a nivel país hemos ido mejorando, nuestro avance es menor que el de otras naciones.

¿Y eso se debe a la idiosincrasia o a otros factores?
Se debe a tres aspectos. Primero, un tema de idiosincrasia y cultura nacional: tenemos la visión de que todos deben ser sobrios, iguales, y la innovación en general no es sobria y rompe con lo establecido; necesita gente con puntos de vista lo más diferente posible dentro de un mismo equipo y se debe buscar esa diversidad. No obstante, debemos decir que en el último año la juventud ha tendido a ser mucho más disruptiva y eso es súper bueno.

Segundo, en Chile hay mucho miedo al fracaso. Si alguien lo hace mal se le cierran un montón de puertas. En promedio, la inversión en tiempo y dinero para un proyecto que termine en éxito y uno que fracase es más o menos la misma a nivel mundial. Sin embargo, en Chile en promedio los fracasos son dos veces más caros que los éxitos, porque es tanto el pavor del chileno a fallar, que cuando observa que el proyecto no va a resultar destina mucho tiempo y dinero a tratar de evitarlo, en lugar de intentar conseguir un mejor servicio.

Y lo tercero es que en Chile es muy bien visto que a las personas les vaya súper bien rápido y sin esfuerzo. La innovación no es fácil. No es como darle el “palo al gato”; requiere mucho trabajo y esfuerzo. Además, en innovación trabajar duro no es sinónimo de trabajar por largas horas, sino que en condiciones que pueden ser muchas veces muy desagradables. Por ejemplo, a mayor riesgo más rentabilidad y, en general, la gente quiere mayor rentabilidad con bajo riesgo, ecuación que en la innovación no funciona. Además, debemos dejar de medir a los equipos por las horas que pasan en la oficina, eso lleva solo a resultados mediocres, se deben evaluar por los avances que van generando.

Es decir, ¿es una concepción distinta a lo tradicional?
Claro, y es importante en este sentido aclarar algunos conceptos, porque el error es parte del aprendizaje, pero hay mucho temor a este. El error es una cosa, el fracaso otra y la falla otra absolutamente distinta.

El fracaso es cuando se llega a un punto de no retorno: no hay vuelta atrás; el error es algo que se debería haber hecho y no se hizo o bien no se debería haber hecho pero igual se hizo, como una negligencia, etc; y la falla tiene otro significado, no se puede innovar sin fallar, porque la innovación es el resultado de un experimento que se realiza para validar o invalidar una hipótesis o un supuesto, y que debe terminar en falla, lo que permite mejorar o ir avanzado en el desarrollo de un proyecto. En tanto, el error no puede tener cabida dentro de la innovación, se puede dar pero no debería, y el fracaso ojalá no se dé, pero fallar es la única manera de aprender en innovación.
El considerar estos tres conceptos como iguales es un problema, pero el no dar cabida a la falla es un problema aún mayor, porque así no se aminora la posibilidad de fracaso.

Una de las decisiones más importantes que se deben tomar en un proyecto de innovación, y que muy poca gente considera, es invertir en un presupuesto para fallar. Por ejemplo, un proyecto de US$400 millones debería tener un presupuesto de US$20 millones solo para fallar.

¿Qué estrategias corporativas se recomiendan para fomentar la innovación?
Hay una serie de preguntas que debieran hacerse y responderse antes de pensar en invertir en innovación. Y estas son: ¿Cuál debiera ser el crecimiento de la empresa dentro de los próximos cinco o diez años? ¿Qué porcentaje de esa cifra se espera sea producto de la innovación? ¿Cuánto está dispuesta la compañía a invertir para obtenerlo? ¿Qué será innovación para la empresa y qué no? Eso es fundamental cuando se está definiendo qué cantidad de recursos irán a cada tema, pues si no estos se diluyen en un montón de proyectos. Finalmente, hay que preguntarse: ¿con qué competencia se hará el trabajo? Es decir, cuáles serán los recursos o personas que se destinarán para hacer innovación en la compañía.

¿Es un tema de largo plazo?
Sí, por ejemplo, una empresa con 20 mil empleados se puede demorar ocho años en generar esta cultura de innovación; pero si lo hace, el retorno existe.

En 1937 la edad promedio de las 500 compañías más grandes del mundo era de 75 años; en 2011, esta era de 15 años; en 2020 la mitad de las 500 empresas más grandes aún no ha nacido, es decir, si uno no hace innovación vendrá alguien y te superará de aquí a los próximos siete años.

¿Las empresas que no innovan están destinadas a morir?
Algunas a morir y otras a perder el liderazgo. Apple, por ejemplo, se preocupa de dejar ella misma obsoletos sus productos, lanzando nuevos equipos.

¿Qué rol tienen las TI en este proceso de innovar e incorporar una cultura de este tipo?
Como se debe trabajar duro para llegar lo antes posible al resultado, fallar significa hacer prototipos, experimentar e invertir. Las TI permiten hacerlo de forma muy rápida y barata. Experimentar en prototipos o simulaciones de forma sencilla, dinámica y a bajo costo.
 
En la innovación es muy relevante el flujo y el acceso a la información, de manera de tener nuevos conocimientos y las TI son las más adecuadas para llevar el proceso de innovación, ayudando a transformar los datos en información y esta, a su vez, en conocimiento, de modo de acelerar el aprendizaje.

¿Qué retos se plantean como país en el ámbito empresarial para acelerar este proceso?
Hay tres temas. Lo primero es que innovar requiere de dos aspectos: foco en lo que se quiere lograr, es decir, la intención que se expresa en el trabajo más que en las ideas, y dejar tiempo y espacio al equipo para esta labor. Lo peor que puede pasar en una compañía es anclarse en ideas, en cambio se debe aprender a hacer.

Segundo, hay que dejar de lado la experiencia que las empresas creen que tienen en su área, aunque les haya ayudado a crecer, pues la innovación es hacer cosas nuevas y para eso la experiencia no es lo que importa, sino que saber cómo realizar innovación y para eso hay que invertir y generar las competencias necesarias.
 
El tercer tema es no pensar que innovar es muy costoso, porque no lo es tanto como se cree y el Estado provee buenos fondos, además de que la inversión genera retornos muy altos. Sin embargo, sí implica meterse la mano al bolsillo. No se puede evaluar un proyecto de innovación como se analiza una nueva planta o cualquier otro tipo de proyecto que persigue reducir costos; son cosas súper diferentes y, por ende, hay que abordarlas de manera distinta.

Marzo 2014
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