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ANOMIA
Por Jorge Valenzuela, Ingeniero Experto en Normas Eléctricas. Mayor información solicitar al e-mail j_valenzuela_a@yahoo.es

El título de esta columna significa ausencia de ley. También es conocido como estado de aislamiento del individuo, o de desorganización de la sociedad, debido a ausencia, contradicción o incongruencia de las normas.

Frente a la encuesta “¿Alguna vez ha utilizado en su empresa o industria productos eléctricos o electrónicos fabricados en Chile?”, respondí “Sí, muchas veces”, en el pasado, obligado por un mercado que solo me permitía aquello, mientras que en tiempos más actuales, en forma voluntaria. De aquellas experiencias, solo me queda una conclusión: tenemos la capacidad para hacer lo mejor, pero la misma pregunta indica que algo está fallando. He tenido la oportunidad de utilizar productos eléctricos y electrónicos fabricados en Chile en varias oportunidades en mi carrera, tanto por obligación como por opción, y en aquellas relaciones con lo nuestro, siempre subyacía la duda: “Lo que obtengo hoy, me satisface. ¿Lo que me entregarán mañana, será lo mismo?”. La indisciplina es nuestro enemigo, una incapacidad de transitar por un sistema normado, capaz de producir resultados predecibles y uniformes (lo que de ninguna manera puede significar mediocre o inútil).

Eso nos lleva al título: la anomia es lo nuestro. Buscando el sello de la originalidad, solo somos capaces de autosatisfacernos. No tenemos una visión social, sistémica, y desde este punto de vista, despreciamos los sistemas normados y con ello, nos negamos la calidad.

En países desarrollados, se manejan unas 25.000 normas actualizadas, acorde con el avance diario de la tecnología, mientras que en Chile, somos capaces de exhibir unas 3.000 normas, la mayoría de las cuales agoniza en la obsolescencia. Pero, más grave aún, la anomia que nos ahoga, impide la existencia de adecuados sistemas de control de calidad; de allí que no se pueda estar seguro de lo que es bueno hoy sea repetible mañana.


Los controles son necesarios

Así lo descubrieron los chinos 5.000 años antes de Cristo, cuando empezaron a medir longitudes con la distancia entre dos nudos de una vara de bambú; lo reafirmaron los egipcios 3.000 años AC, cuando garantizaban el volumen de sus embarques de trigo midiendo el perímetro de un montón del cereal poniendo un pie delante del otro y lo volvieron a reafirmar los fenicios cuando crearon el dinero. Las normas son necesarias: lo estableció César cuando fijó la norma de mayor supervivencia de la historia, al decretar que las sandalias de sus soldados debían llevar tacos (todavía los llevamos); una vez más lo percibió Henry Ford, a principios del siglo XX, al darse cuenta que sus cadenas de montaje para producción en serie serían imposibles sin las normas. Pero aquí estamos, los campeones de la anomia, dispuestos a mostrarle al mundo y a la historia lo estúpidos que han sido al transitar por un mundo normado que solo conduce al progreso. Es así que en nuestro medio, los centros de formación -llámense Universidades, acreditadas o no, Institutos y demás- nos atosigan con programas de “Magister in Business Administration” o lindezas similares, y ni por casualidad encontramos ni un mísero cursillo de metrología ni menos sobre normalización. Y las autoridades, depositarias del resguardo del bien común, miran hacia el lado, buscando todo tipo de excusas para no normar.

¡Debemos respetar el rol subsidiario del Estado! Verdad axiomática que se nos ha impuesto, amparados en la teoría no demostrada de las ventajas comparativas, que nos ha conducido una vez más a ser un país desindustrializado, mono productor, cobre-dependientes, como antes lo fuimos del salitre, con las consecuencias por todos conocidas y que, a no dudarlo, estamos a las puertas de repetir.


El progreso y las normas

¿Lo que se está planteando es un retrógrado regreso a un trasnochado estatismo? ¡De ningún modo! Solo se quiere recordar lo que nos muestra la historia: el progreso solo es posible sobre la base de un sistema profundo y ampliamente normalizado y los consiguientes sistemas ampliamente tecnificados de control de calidad.

Cuento aparte es quién fija las normas y quién desarrolla el control. En los países civilizados, todo esto se origina generalmente en medios privados, responsables y técnicamente solventes; nuestra mentalidad dubitativa y dependiente nos había llevado hasta hace poco a confiar solo en el Estado, pero intencionadamente a este se lo ha conducido al desprestigio y ya nadie parece creer en él ni en sus representantes, sin que se vean sustitutos confiables.

Frente a este escenario, solamente nos queda recordar la definición de norma que nos entregan, entre otros, las propias Naciones Unidas, a través de la ISO: “Norma es la codificación de todo proceso, resultante de un acuerdo colectivo y razonado, con vista a servir de base de entendimiento para la solución de problemas repetitivos y con el fin de obtener siempre un resultado idéntico”.

Esta clara definición nos muestra el camino: ¡Las normas no son impuestas! Para fijarlas, debemos ser capaces de establecer acuerdos que garanticen los sanos intereses de los participantes en su discusión, en donde deben estar representados todos los involucrados y, dado que en la búsqueda de equilibrio entre intereses difícilmente se llegará a consensos directos, el Estado, sin renunciar a su pasivo rol subsidiario, puede (y en nuestro caso, atendiendo a nuestra idiosincrasia, creo que debe) ser el árbitro y garante de estos acuerdos.

Además, en nuestra incapacidad de apreciar lo evidente, estamos tratando de establecer una injustificada regresión al tratar de restablecer un sistema reglamentado; los reglamentos, sin duda necesarios, están destinados fundamentalmente a regular procesos administrativos y por lo tanto, sus disposiciones pretenden una larga permanencia en el tiempo; las normas, al responder a necesidades técnicas, son de una fuerte dinámica y deben garantizar su necesaria movilidad para adecuarse a la realidad tecnológica tan cambiante hoy en día. De allí que los respectivos mecanismos de discusión y dictación deban ser sustancialmente diferentes.

En cuanto a su aplicación y efectos perceptibles, es obvio que las normas sin los adecuados procedimientos de control, por perfecta que sea su redacción, son solo letra muerta y los sistemas de “autocontrol” con que nos han “engrupido” en los últimos años son inconducentes y solo han propiciado una feroz pérdida de calidad y seguridad, y no solo en las obras de ingeniería eléctrica.

Finalmente, para satisfacer las inquietudes economicistas (que parecen ser el único parámetro de referencia del momento actual), las normas, lejos de ser un gasto innecesario, como pregonan sus detractores en nuestro medio, son una inversión muy rentable y de rápido retorno. Si no lo creen, pregunten en los países desarrollados, normados hasta la saciedad. Allí se establecen normas no con un fin filantrópico, sino porque es un muy buen negocio.

Enero 2014
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