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UN CONFLICTO VISIBLE PERO IGNORADO
Revalorizar nuestro paisaje costero
Por Uwe Rohwedder, Arquitecto y Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Central de Chile.
La creciente urbanización de las costas está destruyendo paulatinamente sus paisajes, sus microclimas, su flora y fauna, entre otros valores o bienes muy significativos desde el punto de vista del ordenamiento territorial, espacial, ecológico, industrial, urbano y paisajístico.
Uwe Rohwedder.

Los valores paisajísticos de las costas de Chile se han enfrentado al crecimiento urbano e inmobiliario, quedando irremediablemente expuestos a un progresivo deterioro medioambiental. Junto a ello, han desaparecido de la memoria colectiva esas maravillosas preexistencias, los miradores, los campos dunares y hasta las perspectivas fotográficas de antaño.

Algarrobo, Reñaca, Cochoa, Costa Brava, Playa Amarilla y Concón, y más al norte, Horcón y Papudo, son algunos de innumerables ejemplos donde damos cuenta de la pérdida del paisaje costero. Esa pérdida va de la mano con el incremento sin planificación adecuada de suelos urbanos, la proliferación de rectángulos verticales habitables de cemento, la saturación de redes de servicios y la construcción de rutas, así como la aparición de ruidos.

Para muchas personas, el sueño de una segunda vivienda con vista al mar contrasta con una realidad que es capaz de borrar huellas, costumbres y paisajes. Desde lo privado, “expropia” un espacio público que, hace unos 30 años, era visitado y disfrutado por diversas familias. Inevitablemente pareciéramos encontrarnos en un doble estándar, pues “arrancamos” de ciudades contaminadas, sobrepobladas y estresantes para llegar a un refugio costero a “descansar”, pero, sin quererlo, estamos replicando modelos que contaminan y hacen desaparecer lo que queríamos encontrar. En definitiva, no hemos logramos valorar un bien natural de uso público.

Un ejemplo claro de lo que ocurre hoy es la falta de arena en las playas de la V Región, en particular la zona entre Viña del Mar y Concón. La gigantesca barrera de edificios, uno al lado de otro, ha modificado el trayecto de los vientos y el desplazamiento de arenas de los campos dunares, que antes llegaban al mar.

El territorio costero está condicionado por el intercambio de energía entre el mar y la tierra, cuyo difícil equilibrio permite la existencia de playas, microclimas, floras y aves marinas, que, junto a la existencia de algunos roedores y pequeños lagartos, han visto desaparecer sus hábitats. Existen, en efecto, valores costeros o bienes presentes en el litoral susceptibles o no de valoración económica inmediata, pero muy significativos desde el punto de vista del ordenamiento territorial, espacial, ecológico, industrial, urbano y paisajístico. Considerando la frecuencia de desastres naturales, las dunas son amortiguadores de los efectos de las energías más violentas que se producen en la costa.

¿Cuánto más nos queda por destruir? Será un tema de educación, de regulación y de la ética de nuestros profesionales, los que desde distintas disciplinas actúen en esas áreas. Por otro lado, ni el mundo político, ni las municipalidades han logrado entender la naturaleza y sus complejidades, y solo queda confiar en las voluntades y agrupaciones ciudadanas que salgan a defender lo que consideran “la pérdida” de lo suyo. Desde la enseñanza de la Arquitectura, habrá que preocuparse de instalar los temas de paisaje como valores universales y generar una red de protección que desde la construcción de conciencia, llegue a establecer nuevos instrumentos de planificación del territorio, que puedan ser efectivos en la defensa de esos patrimonios olvidados y desamparados. Los que han tenido la suerte de viajar y conocer el Mediterráneo europeo, en específico la Costa Azul francesa y su prolongación hacia Italia, desde Saint Tropez hasta Portofino, han visto cómo esos lugares han sido protegidos y cuidados en sus escalas y relaciones con el borde, el paisaje y el mar.

Octubre 2016
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