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Director Area Construcción y Urbanismo de INACAP.
Calidad y humedades en la construcción: Un imperativo cultural
Por Adelchi Colombo

Al llegar el verano también llega una tranquilidad efímera que hace olvidar por un momento los problemas sufridos en diversas construcciones ocasionados por el agua del invierno. Sin discriminaciones, este problema ha golpeado históricamente edificaciones de distintos estratos sociales así como algunos sectores del territorio nacional.

Se trata de fenómenos que forman parte del entorno natural y, por ende, son estampa de nuestra cultura. La actividad sísmica no obstante, a diferencia de los efectos del agua, ha sido en la historia tan implacable que a punta de «sacudones» logró sensibilizar a las autoridades. Así, la primera Ley General sobre Construcciones y Urbanización, que está contenida en el DFL 345 del 30 de Mayo de 1931, fue dictada a consecuencia del sismo del año 1928 que destruyó la ciudad de Talca, poniendo de manifiesto la necesidad de imponer la obligatoria observancia de normas técnicas para mejorar la calidad y seguridad de las construcciones, a fin de evitar en lo posible tan desastrosas consecuencias.

Las humedades, sin embargo, junto con ser un problema tan antiguo como los terremotos son más universales y no son sólo patrimonio formativo de países sísmicos como el nuestro. El hombre ha luchado contra este fenómeno desde sus inicios y al igual que los temblores es un efecto que no ha sido superado.

Al hablar de humedad en construcción es necesario reconocer que se trata de un efecto complejo que no solamente está presente en la atmósfera. También actúa a través de la lluvia infiltrando cubiertas mal concebidas y peor ejecutadas, sellos y ventanas con trastornos en su diseño e instalación y penetrando muros deficientemente especificados y acabados con poca rigurosidad. Asimismo, está presente en el proceso constructivo donde el agua es un invitado protagonista y un ingrediente imperioso para ejecutar una obra. Además, se presenta en el suelo desde donde busca penetrar las construcciones de distintas formas, siendo la acción capilar una de las más difíciles de combatir cuando no es advertida eficientemente en el diseño. Y por si esto fuera poco, está también al asecho en el interior de nuestros edificios y se manifiesta en los momentos más críticos y en forma despiadada a través de la condensación, tanto en las superficies perimetrales -incluyendo ventanas y muros- como en el interior de los materiales que lo componen, generando daños de diversas consideraciones y características.

Sorprende en esta materia la escasa planificación con que se abordan los proyectos desde su concepción hasta su ejecución y la superficialidad con que se trata este tema en los diseños y especificaciones técnicas, donde se produce una evidente divergencia con el cálculo y planificación estructural. Bajo esta óptica, asombra también la bajísima o casi nula capacitación que demuestran tener los trabajadores que ejecutan las obras en lo atingente a este tema. En contraste, los encargados de obra suelen ser profesionales que tienen conocimientos formales de cómo tratar las humedades en la construcción, pero que al momento de abordar la vorágine de una faena no toman en consideración o tienden a olvidar o simplificar.

En INACAP se imparten programas de estudio orientados tanto a la formación de técnicos como de Constructores Civiles e Ingenieros Constructores, pues este problema debe remediarse en las nuevas generaciones de profesionales que deberán asumir la responsabilidad de administrar las futuras obras. Finalmente, hay que entender que éste no es sólo un problema técnico, sino de conciencia y sensibilidad que tarde o temprano formará parte del desarrollo y evolución cultural del país.

Diciembre 2002
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