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Por Pedro Serrano Profesor del Departamento de Arquitectura UTFSM
Nuestra deuda en vivienda

Hace algunas semanas Alfredo Rodríguez, investigador de Sur Profesionales, mostraba en una conferencia en la Universidad Santa María, la situación de la vivienda de interés social en Santiago. Entre muchas cosas, casi todas perversas, mostró los lugares donde se situaban las poblaciones de erradicación en las periferias de Santiago. No sólo horribles construcciones, horribles emplazamientos, horribles aglomeraciones de gente en lugares sin destino, sino que además con consecuencias catastróficas en la calidad de vida de los erradicados. Rodríguez proyectó el mapa de estas erradicaciones en Santiago y luego montó encima un mapa curioso: las denuncias por violencia intrafamiliar colocadas por densidad en un mapa de Santiago. Curiosamente este mapa de información social coincidía perfectamente con el mapa de las erradicaciones.

Salud mental en Riesgo

Es cierto que la necesidad de cobijo de miles de familias es apremiante, es cierto que se han construido miles y miles de viviendas de interés social, pero nos asiste la sospecha que en vez de mejorar su vidas se las estamos echando a perder. Las familias de los campamentos consolidados sueñan con una casa sólida y con todos los servicios funcionando, pero muchas veces se niegan a abandonar sus mejoras en las tomas, pues mal o bien, han logrado construir y cubrir más de 50 metros cuadrados con patio. En estas condiciones, cambiarse a 36 metros cuadrados en un cuarto piso sin ninguna posibilidad de crecimiento, sin amigos, sin tejido social, resulta más bien un castigo que un alivio. La salud mental de esta población está por supuesto en serio riesgo.


Mucho por avanzar

Por otra parte, ya está fuera de discusión que un gran número de estas viviendas presentan serios problemas estructurales de diseño y materialidad. Desde el escándalo imborrable de Copeva hasta las poblaciones que hoy día deben ser demolidas porque fueron mal construidas, la cantidad de casos dramáticos en la calidad de las viviendas de interés social no deja de incrementarse. Ciento ochenta mil familias aparecen en el último censo como habitantes de mediaguas, una vieja solución de emergencia que se transforma en definitiva. Sin embargo, algunos habitantes sospechan que una mediagua reforzada, con piso, ampliada con dos o tres módulos más, bien aislada térmicamente, conectada a las redes y con patio, resulta bastante más barata, segura, eficiente en energía y cómoda que cualquier vivienda de subsidio. Lo que no se puede deducir del censo es que mucho más gente vive en Chile en casas-mediagua, que en el censo aparecen consolidadas y que son los resultantes del proceso de mejoramiento progresivo y autónomo de las mediaguas. Casas de setenta o cien metros cuadrados, con servicios conectados, aisladas sólidas y con patio, provienen de esta historia.

Tal vez nos hace falta entender los procesos del habitante, tal vez nos hace falta mirar hacia la salud poblacional y los progresos reales en la calidad de vida, más allá de conseguir números en términos de unidades o metros cuadrados entregados. Esta es fundamentalmente la deuda en vivienda que hemos ido acumulando en nuestro país. Construir viviendas sociales ha sido una muy buena veta de ingresos para determinadas empresas del ramo. Los resultados han sido cuantitati-vamente interesantes y cualitativa-mente enjuiciables.

En este punto cabe preguntarse si es sano para la equidad, la población, su salud mental, la violencia, las relaciones sociales y los derechos humanos bien entendidos, seguir con la misma política. Esta es una buena pregunta para nuestros candidatos a la presidencia, pero también un muy buen tema para nuestras escuelas de arquitectura. Hay que detener el crecimiento de nuestra deuda en vivienda y además debemos reducirla, un interesante desafío país que aún no se enfrenta.

Julio 2005
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